miércoles, 1 de junio de 2016

La mosca cojonera

- Y, ¿qué tal te han ido las vacaciones?
- Buf, fatal. Necesitaba descansar, y pensé que lo pasaríamos bien en la playa, pero no hemos dejado de discutir en todo el viaje.
- ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
- Pues chica, no lo sé. A ratos estaba contento, a ratos enfadado. Un día se levantó de mal humor y ni me hablaba, ni en el desayuno... Sólo me dice que ha pasado una noche rara y que no está de humor. Después se da una ducha y sale que parece otro, de buen humor. Y me dice “ya te he dicho que no me pasaba nada. Anda y no me agobies”.
- Ya...

Aparece una mosca en la consulta. Empieza a revolotear alrededor nuestro.

- Anda, ha entrado una mosca de esas grandes que hacen tanto ruido.
- Con este calor... ¿Paramos un minuto y la echo?
- No, déjalo, no me molesta. Te decía que tuvimos discusiones durante toda la semana. Estaba muy raro. Y claro, si no sé lo que le pasa, no sé qué hacer. Me siento mal (da un manotazo en el aire). Porque yo intento ayudarle y...
- ¿Cómo lo intentas?
- Intento comprenderlo. Yo sé que está muy estresado en el trabajo, vuelve a casa agotado de aguantar a su jefe.
- Vuelve muy cansado... ¿Y tú qué haces?
- ¡Ay, qué pesada está! (la mosca se le ha posado en la mano. La espanta.) Bueno, pues le pregunto qué tal el día, si me lo explica le escucho, intentamos encontrar alguna solución...
- Ya, pero ¿y tu? Porque también estás pasando una época difícil, con los recortes en tu empresa...
- Si, bueno, yo voy haciendo, no sé cómo irá la cosa, están negociando y tal... Pero hay días que lo paso mal, no tengo ganas de ir... (vuelve a dar otro manotazo en el aire).
- ¿Y él que te dice? ¿Te apoya?
- Bueno si, a su manera, ya sabes que es muy egoísta a veces, me gustaría que me escuchara más, pero no está acostumbrado. Con esa madre que tiene que le hacía todo... Poco a poco voy consiguiendo que cambie, pero me está costando y a veces no estoy bien, no sé muy bien lo que me pasa, ni si tengo que empezar a... AAHH!! ¡Ostras con la mosca! ¡AGH qué asco! ¡La he notado en la oreja!
- ¿Paramos y la echamos?
- Mira sí, si no te importa paramos. Estoy harta. ¡No puedo concentrarme!
- Si, la ibas buscando con la mirada. Toma esta revista para espantarla. ¿Te importa abrir la puerta?
- Sisisi, encantada. ¡Qué pesadez!

Al no encontrar hospitalidad, finalmente el insecto se va...

- Mira, creo que de este rato puedes sacar una conclusión interesante. ¿Qué ha pasado?
- Esa mosca cojonera no paraba de interrumpirme.
- ¿Te has dado cuenta de cuándo te interrumpía? ¿De qué estabas hablando?
- Mmmm... De mi pareja, ¿no? Como siempre que vengo a verte (suelta una risita nerviosa).
- No, más bien te interrumpía cuando hablabas de ti, de lo que te pasaba a ti y de lo que tu sentías. Y es curioso, aparecía la mosca y entonces sólo tenías ojos para ella. Y como sólo podemos atender una cosa cada vez...
- Si, ya hablamos de que el multitasking no existe...
- El caso es que en cuanto te distraes, tu conversación vuelve a lo que hace tu pareja, a lo que siente, a lo que piensa, a lo que quiere. Y así llevamos hoy un rato, que tu tiempo (y tu dinero) lo estás repartiendo entre intentar entender a tu pareja y una mosca cojonera.
- ...
- Apareció. Le diste toda tu atención. Cuando dejas de hacerlo, reaparece. No te ayuda, parece que cuando crees que ya sabes lo que hará, o crees haber conseguido que haga lo que tú quieres, siempre sale con algo inesperado. Tu pareja te ha dicho que le importas. Decís que os queréis infinitas veces. Pero sólo tú pareces haber cambiado para adaptarte a la relación. Esta persona sigue por ahí zumbando, a su aire, mientras tú procuras vivir teniendo en cuenta sus necesidades, su vuelo, sus sonidos. Pero hagas lo que hagas, la comprendas o no, siempre acabas frustrada. Nunca haces lo suficiente, te dirá. No habrás cambiado lo bastante para comprenderlo, para merecer tener la relación que te prometía ese ser tan fascinante. Ser la pareja que ibais a ser.
- ¿Y qué puedo hacer?
- Empecemos de nuevo, te abro la puerta: ¿Cómo estás TÚ?



jueves, 25 de febrero de 2016

La casa, de Paco Roca

Un año después de la muerte de su padre, sus 3 hijos vuelven a casa. Es una segunda residencia, una casa construida desde cero por la ilusión y el trabajo de su dueño y de sus hijos a lo largo de los veranos y los fines de semana. Una casa llena de memoria, que se deteriora rápidamente cuando nadie la cuida. A lo largo del libro, arreglan la casa con la intención de venderla. Entre la revisión de objetos que recogen y los diferentes lugares a los que regresan, los 3 van enfrentándose a sus recuerdos y a los hechos que se han quedado sin respuesta. Poco a poco, una decisión tomada empieza a no ser tan clara ni firme porque, ¿Qué lugar quieren dar cada uno al recuerdo y al legado de su padre? ¿Qué quieren hacer con sus propios recuerdos?

Empecé “La Casa” con un tremendo respeto, porque la obra de Paco Roca me gusta muchísimo y porque en este libro ha volcado una parte de sus vivencias, sus emociones y su historia. Con lo cual, se me ha activado ese respeto incondicional que para mí es imprescindible en nuestro trabajo. El que se enciende cuando los demás te muestran, sin conocerte, sus recuerdos y emociones con generosidad.

Ésta es una historia sobre cómo funcionan los recuerdos, cómo van tomando diferentes formas e interpretaciones conforme pasa el tiempo. Tenemos 3 hijos y un padre. Cada uno de ellos va mostrando cómo ha dado forma a su memoria, qué papel tenía su padre en su vida, qué representaba la casa familiar y cuál ha sido su papel y participación en la historia familiar. Los protagonistas se encuentran con la obligación de tomar decisiones alrededor de la limpieza de la casa y su destino. Poco a poco esa obligación va tomando diferentes formas, del hastío al apego pasando por la nostalgia.

Es una historia sobre memorias, significados personales, vidas y decisiones. Y sobre renuncias y nuevas aceptaciones. Porque en eso consiste la toma de decisiones, hasta las más pequeñas e insignificantes. Son una apertura a nuevas posibilidades, y la renuncia a todas las demás opciones que desechamos. Tomar decisiones consiste en ambas cosas a la vez. Y siempre hay un motivo personal detrás de toda renuncia.

Tomar decisiones es un ejercicio cotidiano pero igualmente difícil, porque asumir consecuencias muchas veces lo es. A veces ocurre lo contrario: que no importan las renuncias (o no se tienen lo suficientemente en cuenta) sino que el problema es la incertidumbre de lo que vendrá. Las nuevas posibilidades nos obligarán a nuevas decisiones. Eso es lo que lleva a quedarnos cómo estamos, aunque no nos esté bien del todo. No mola, pero me quedo con lo malo conocido, no sea que lo bueno por conocer me desborde.

Pero no tomar una decisión es también, una decisión.

Es una historia sobre historias: sobre nuestras propias historias. Ésas que se componen de las propias experiencias y las que nos han llegado de nuestros padres/madres y abuelas/os. Y cómo las hemos asumido y hemos hecho nuestras, o cómo las hemos rechazado. Todo ese conjunto conforma parte de nuestra identidad, y es la mochila con la que debemos ir adelante y construir nuestra vida.

También trata de la emancipación de los padres por parte de los hijos: cuando un hijo crece y empieza la vida adulta acepta cosas de sus padres al a vez que renuncia a otras. Porque de eso se trata ser adulto y crear el propio destino: de agradecer y aprender de los aciertos y errores de la generación anterior, o de aprender a gestionar el daño que hayamos podido recibir. Los 3 hermanos vuelven como adultos a la casa que dejaron de ir como adolescentes. Ya sin su padre, deben decidir qué significa para ellos y qué parte de su pasado quieren mantener con ellos en el futuro. Como diría un colega mío, deben  “entender el pasado para vivir el futuro”.

Encontraréis ternura, sin ñoñerías, y un ejercicio de comprensión de los motivos de los demás, a la vez que de de reivindicación de los propios motivos. Está narrada con esos pasos atrás y adelante en el tiempo al que Paco Roca nos tiene acostumbrados ("El invierno del dibujante", "Los surcos del azar"). Y sobretodo con silencios, esos silencios que sin decir nada transmiten mucho más que utilizando palabras. Si cogéis el libro, espero que os llegue esa mezcla de emociones latentes y no explícitas a lo largo de toda la historia. Esa mezcla de emociones que es tarea del lector digerir y elaborar una vez cierra el libro. Este cómic ha servido al propio autor para digerir las suyas.

Ficha de la editorial: http://astiberri.com/products/la-casa

Y si te ha gustado y quieres saber más, aquí tienes una entrevista: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/11/30/actualidad/1448908973_011049.html

Y si eres profesional de la psicología, ahí van 2 libros recomendados y relacionados con el tema:

  • Rogers, Carl "El proceso de convertirse en persona. Mi técnica terapéutica" Ed. Paidós colección Contextos.
  • Bowen, Murray "De la familia al individuo. La diferenciación del si mismo en el sistema familiar". Ed. Paidós colección Terapia Familiar




lunes, 31 de agosto de 2015

Una zoóloga en Marte

Oliver Sacks murió ayer por la mañana después de un cáncer terminal. Esta entrada es mi homenaje a él como científico y como persona, a su humanismo, a su trabajo y a su generosidad a la hora de
dejárnoslo. 

En 1995 publicó “Un antropólogo en Marte”. Es uno de sus libros más conocidos y vendidos y consiste en las 7 historias de personas a las que conoció, cada una con un trastorno diferente. A la vez que desarrolla como científico el caso y las características del trastorno, como escritor nos acerca a la historia de la persona a la que ha entrevistado o tratado como paciente.

El gran mérito de Sacks es hacer compatible el rigor médico y científico con la gran humanidad y respeto con el que habla de las personas. No estigmatiza, ni infantiliza ni los compadece. Entiende sus dificultades y menciona también sus potencialidades y sus logros.

En este libro descubrí a Temple Grandin. Nació en Boston en 1947. Es zoóloga, etóloga y profesora de la Universidad Estatal de Colorado. Se doctoró en Ciencia Animal en la Universidad de Illinois. Actualmente es profesora de comportamiento animal en la Universidad de Colorado. Además, es autora de libros como “Thinking in Pictures” e “Interpretar a los animales”. Ha escrito múltiples libros y artículos sobre su especialidad, el diseño de sistemas para el transporte de ganado. Proyecta granjas, comederos, corrales y mataderos con la premisa que los animales sufran lo mínimo posible en sus instalaciones. Tiene desde hace años su propia ingeniería de proyectos. Viaja el 90% de su tiempo y sus charlas, libros, artículos y ponencias versan sobre 2 temas principales, aunque casi no hay división entre ellos: Por un lado su trabajo, por otro ella misma y su vida con su propio trastorno del desarrollo. Porque Temple Grandin es una persona con autismo. A los 4 años no hablaba.

Oliver Sacks la entrevistó durante un fin de semana. “Me hizo sentar con poca ceremonia, sin preliminares, sin convenciones, sin cháchara hueca acerca de mi viaje ni de si me había gustado Colorado. Su despacho, abarrotado de papeles, de trabajo hecho y por hacer, podría haber sido el de cualquier profesor universitario, con las paredes tapizadas de sus proyectos y figuras de animales que había recogido en sus viajes, Sin más preámbulos, comenzó a hablar de su trabajo, de su precoz interés por la psicología y el comportamiento animal, de cómo se relacionaban con la autoobservación y con la idea de sus propias necesidades como persona autista, y de cómo eso se habia unido a la parte de visualización e ingeniería de su mente para orientarla hacia el campo al que finalmente se había dedicado.”

Quienes conocemos el autismo, (Trastorno de Espectro Autista -TEA- en los manuales de diagnóstico), sabemos que, aunque hay rasgos comunes, se presenta de manera diferente en cada persona  lo que hace muy complicado su estudio y abordaje terapéutico. En los últimos 10 años se ha avanzado enormemente en las investigaciones, en el diagnóstico y en las herramientas para la estimulación precoz. Pero aún existen más enigmas que certezas. Si sabemos que no es una enfermedad y que no existe curación. Cada vez más voces, como la del Dr. José Ramon Alonso, comunican el autismo como una característica de la persona, de modo que nos refiramos a ellos como "personas con autismo" y no como "autistas".

El autismo presenta múltiples síntomas, pero todos los casos coinciden con que hay 3 facetas personales afectadas: el intercambio a nivel social (ese toma y daca que se da en cualquier interacción con los demás), la comunicación verbal y no verbal (no existe el habla o está muy afectada, por otra parte no se comprenden las expresiones faciales de los demás ni otros signos como el contacto físico) y la capacidad simbólica o conducta imaginativa (por ejemplo, jugar con un plátano como si fuera una pistola).

Las dificultades principales vienen de la interacción con los demás. Para las personas con autismo, las relaciones humanas son un enigma, un batiburrillo de signos caóticos que no entienden y que no descifran. Las convenciones sociales y culturales que aprendemos a manejar desde bien pequeños de manera natural se les escapan. Y les genera sufrimiento, porque notan que hay una exigencia que no pueden cumplir, pero que a la vez deben satisfacer porque “están ahí”, en un entorno social.

Temple Grandin es un caso de lo que se llama “autismo de alto funcionamiento”, un pequeño porcentaje a nivel estadístico de los casos totales, pero que pueden aportar mucho sobre cómo abordar la educación especial en niños y adultos con un nivel de trastorno más severo. Cuenta con habilidades excepcionales como una gran memoria visual, que mediante escuela especial la han ayudado a desarrollar un interés personal y una carrera profesional. Ha sido tozuda e insistente. Se concentra de manera casi obsesiva en su trabajo sin que ello le suponga estrés, sino una realización personal.

Ha aprendido a convivir con sus limitaciones y a desarrollar las posibilidades que le dan sus capacidades. Es una persona muy paradigmática porque tiene (y es excepcional en el autismo) mucha conciencia de si misma. Por eso es importante escuchar y leer qué tiene que decir, porque es importante para otros niños y adultos con dificultades, además de para sus familias y profesores. Y eso que cuando era niña no lo tuvo fácil:

“A los 6 meses comenzó a ponerse rígida en los brazos de su madre, a los 10 meses a arañarla como “un animal atrapado”. El contacto normal era casi imposible (…) Temple describe su mundo como hecho de sensaciones agudizadas, a veces hasta un grado torturante e inhibidas, a veces hasta casi la aniquilación. (…) Mostraba un intenso interés por los olores y un extraordinario sentido del olfato. Estaba sujeta a impulsos repentinos, y cuando éstos se frustraban le sobrevenía una violenta cólera. No comprendía ninguna de las reglas y códigos usuales de las relaciones humanas. (…) A los 3 años se volvió destructiva y violenta (…) Y sin embargo, como muchos niños con autismo, pronto desarrolló un inmenso poder de concentración, una atención selectiva tan intensa que fue capaz de crear un mundo propio, un lugar de calma y orden en el caos y el tumulto. “Podía sentarme durante horas en la playa jugando con la arena entre los dedos e imaginando montañas en miniatura (…)” O daba vueltas sobre sí misma, o hacía girar una moneda, tan ensimismada que no veía ni oía nada más”. 

Pero no digo más, os dejo con esta genial e inspiradora charla TED que Grandin
dio en 2010.



Si la queréis conocer mejor, os recomiendo que leáis su historia o veáis alguna de las muchas charlas que ya ha dado y están colgadas en Youtube. También os recomiendo una película sobre ella y su vida, muy bien documentada ("Temple Grandin" HBO, 2010). Permite entender desde dentro su propia experiencia del autismo y también la de aquellos que la rodean, a lo largo de su vida y sus momentos cruciales (la infancia, el diagnóstico, la recomendación de internarla de por vida, su escolarización, entre otras). Un fragmento:



Recomiendo su trabajo a padres-madres que necesitan comprender un poco mejor qué ocurre a su hijo/a y a los educadores. Es un gran altavoz de aquellos que en muchas ocasiones no pueden llegar a nosotros porque no saben cómo, y nosotros los “normales” no les entendemos, en parte porque tampoco sabemos ponernos en su piel.

He conocido a Temple y no creo que la deje fácilmente. Siempre dice que su autismo forma parte de ella, la hace ser como es, ha contribuido a su manera de pensar con lógica y a desarrollar su trabajo. Ella fue quien le dio nombre al libro, diciendo que prefería trabajar con animales porque a ellos les entendía, ya que cuando está entre los humanos se siente “como un antropólogo en Marte”.

Para saber más: 
www.autismodiario.org – Portal en español especializado de información veraz y contrastada con novedades e investigaciones acerca del TEA.
- Libro: Sacks, Oliver. “Un antropólogo en Marte” págs. 301-360. Ed. Anagrama (1997)
- Libro: Alonso, José Ramón y Alonso Equisabel, Irene. “Investigaciones recientes sobre el autismo”. Ed. Psylicom Ediciones (2014).

miércoles, 12 de agosto de 2015

Vivir en el presente

En la actualidad parece imprescindible responder a todas las exigencias, internas y externas. Y aunque lo intentemos es difícil anticiparse. El estrés, la insatisfacción, la frustración aumentan… Y también la sensación de vacío que, según dicen, se produce porque no hemos encontrado aún el modo de ser felices con lo que hacemos. 

Cuando aparece un problema nos piden una solución inmediata y hacemos lo mismo con nosotros mismos. Y la necesitamos ahora, ya, no queremos perder mucho tiempo, que hay mucho por hacer.

Pero tenemos una ayuda: Cual superhéroe, la Autoayuda prefabricada se ha actualizado en internet. Su superpoder es dar la respuesta antes de formular la pregunta. Una solución sencilla, además: Una sola foto en facebook, o en ese grupo de whatsapp de padres del cole de la niña. Pero viéndola, la solución queda clara: 


 Lo llaman el “centrarse en el Aquí y Ahora”. Y se abre la veda, porque la expresión se ha puesto de moda y se mete todo bajo la misma etiqueta. Encontramos prácticas y técnicas realmente útiles para cuidarse o para aprender nuevas habilidades o cómo manejarse con las que ya se tiene. También grupos y personas con escaso propósito terapéutico, donde el interés reside en ejercer una influencia o lucrarse de los demás, aprovechando que están en un momento de desorientación y dificultades.
   
Hay otra vertiente muy importante a tener en cuenta, la que me interesa hoy: Cómo cada persona dirige y lleva a cabo ésta búsqueda y los cambios que hace en su vida para sentirse mejor, lograr más autoestima, manejarse en el entorno actual. Todos queremos estar bien, pero es muy importante tener en cuenta esto: 

Vivir “en el presente” no se debe confundir con vivir “para el presente”.

Vivir en el presente, prestando atención a nuestras sensaciones complejas acerca de lo que es bueno para nosotros, no es lo mismo que vivir para el presente, que implica simplemente hacer aquello que nos hace sentir bien, sin tener en cuenta las consecuencias. (*)


Vivir en el presente consiste en realizar un ejercicio voluntario de reflexión, de concentrar nuestra atención en un punto, en una respiración, en una situación. Es aprender a centrarse en lo que uno está haciendo, sintiendo, pensando en un momento dado. 

Es atreverse a ser autocrítico y a la vez aprender a quererse, dándose permiso para ser autocompasivo cuando realmente no se llega a más, o se ha hecho lo posible. Porque quien hace lo que puede, no debería sentirse obligado a más. 

También implica ser coherente y dar a los demás el mismo trato que uno/a se esfuerza a darse a si mismo y que le gustaría recibir. Escuchando y hablando, valorando, respetando y protegiendo. 

Nos han convencido que la multitarea es lo más. Pero no es lo único. Para poder vivir en un entorno exigente y no morir en el intento cada vez será más necesario dominar dos habilidades: 
  • La capacidad de concentración y atención a aquello y aquellos que importan.
  • La capacidad de priorizar y dejar ir.

No es un camino de héroe solitario. Requiere la compañía de otros, aquellos que nos quieren y a los que posteriormente conoceremos. Y es un camino de autonomía, donde cada uno puede tomar sus propias decisiones teniendo en cuenta a otros, asumiendo la propia responsabilidad. Donde en el otro encontramos nuestro reflejo, el apoyo mutuo o también el desacuerdo, que no pasa nada.

Somos gregarios: nuestra supervivencia, nuestro desarrollo y nuestra evolución física y emocional se basa en gran parte en las relaciones que establecemos y de pertenecer a algo, un grupo de referencia (o varios). La psicología ha demostrado que sin relaciones de calidad y significativas, tener dinero o salud pierde sentido. 

En cambio, cuando alguien se dedica a vivir para el presente, generalmente busca sólo sentirse bien, y su manera de conseguirlo es a lo Maquiavelo: importando sólo el fin, justificando los medios. No se mira más. No hay reflexión. No se mira hacia dentro, casi todo es hacia el exterior (a veces con apariencia de interior). Quien vive para el presente se esfuerza mucho, muchísimo, pero por la aprobación exterior, el reconocimiento. Cualquier indicio de cambio o de reflexión interior o “lo que duele”, es evitado. A veces, porque la vulnerabilidad es demasiado grande. 

Lo muestran: 
  • Centenares de selfies en los gimnasios marcando posturas imposibles para mostrar trabajadas anatomías, publicar las marcas de autosuperación diarias en running, selfies en los velatorios.
  • Sólo pensar en lo inmediato y el placer personal y distanciarnos de otras decisiones que también nos afectan pero de las cuales nos des-responsabilizamos porque no las podemos atacar directamente (“eso es de otros”, “a mí me da igual lo que pase, mañana tengo que madrugar igual para ir a trabajar”). 
  • Sólo relacionarse con quienes “me entienden” y piensan como uno/a, sin crítica ni reflexión sobre lo que se está haciendo.

Es el estilo de la autoayuda prefabricada, la que dice lo mismo en todos sus libros utilizando rutas diferentes. Como psicóloga no me cuadra que realmente aporte un bienestar real y duradero: Se vende una búsqueda de la felicidad que nunca incluye la reflexión profunda y compartida entre iguales. Como siempre, hay uno/a que enseña (quien escribe) y sus alumnos (los que compran). Fomenta el aislamiento, a centrarse en el propio ombligo, que lo llaman “el propio camino hacia la felicidad que TÚ realmente te mereces”.

Se basa en un “supérate a ti mismo para que te acepten”, “ten una actitud correcta”, “sé un líder”. Es individualista e impersonal. 

Invita a adoptar nuevas ideas pero igual de rígidas que las que han llevado al malestar. Evita que se adopte una cierta flexibilidad mental, donde no sea necesario creerse una idea para explorarla.

Acaba aislando, porque vende la idea del uno diferente y excepcional. Una caricia falsa para el ego herido. 

¿La consecuencia? Se consumen más libros de autoayuda que nunca, cada día salen nuevas terapias, nos preocupamos cada vez más de la calidad de lo que comemos y de la vida que llevamos. Pero parece que no es suficiente para avanzar. Nunca hemos estado tan conectados y mucha gente se siente sola. Desde la lógica del vivir para el presente, ser feliz pasa por tomar conciencia de uno como único y que, por lo tanto, todo lo que haga deberá ser especial y ser demostrado constantemente. Para ser único, los demás me lo deben reconocer tanto (o más) como yo mismo. O me siguen o no hay trato.

Olvida voluntariamente que los grandes avances humanos se han producido cuando grupos de personas han aparcado parte de sus diferencias e intereses personales para conseguir objetivos comunes y colectivos, que den bienestar a otros más allá de ellos mismos. 

Obvia que ya cada uno desde el nacimiento somos únicos por nacimiento, genética, historia y personalidad. Nos focalizan en trabajar para una excepcionalidad que ya está solucionada sin trabajo y sin pedirla. Distraen de lo realmente importante: vivirla. 

Atreverse a vivir

En el vivir en el presente, la reflexión no es culpabilización, ni fustigarse por no tener “la actitud”, ni dar vueltas a un mismo pensamiento hasta que nos autoconvencemos de que nos conviene. 

Consiste en ser capaz de hacer un ejercicio de honestidad ahora y preguntarse hacia dónde nos está llevando nuestra manera de funcionar. Puede que descubramos cosas que no nos gusten de nosotros mismos y que tengamos que afrontarlas cara a cara. Y hacer cambios de verdad, sin postureos. Quienes están dispuestos a hacerlo también descubren nuevas vías y en muchas ocasiones la fortaleza necesaria para cambiar. 

Hay que dar la enhorabuena a quienes quieren vivir en el presente, porque son valientes sólo con planteárselo. Y aunque también cueste, la recompensa es de menor intensidad pero más duradera. Es una satisfacción existencial.
Resumiendo: ¿Cuál es la diferencia entre conseguir una autoconciencia genuina y no prefabricada o comprada? El altruismo y la responsabilidad propia. Creo que hay pocos libros de “autoayuda” con estas palabras impresas.

Quienes trabajan en autoconciencia y conciencia de los demás, saben que un estado de felicidad y subidón permanente es imposible. Viven y disfrutan las bocanadas de satisfacción que la vida les proporciona. Crean, en lo posible, las condiciones para que se produzcan. Construyen y co-construyen con los demás. Cuando ocurre, se concentran en disfrutarlo. Y el tiempo parece pararse, porque es un momento perfecto por sí mismo. Sin necesidad de magia y gestionando la frustración, crean magia.  

(*) Cita extraída de Greenberg, Leslie S. y Paivio, Sandra C. "Trabajar con las emociones en psicoterapia" Pág. 39. Ed Paidós (1997).

lunes, 22 de junio de 2015

8 ideas para dar ayuda


Y qué mal llevamos el sufrimiento ajeno. Como ejemplo, una situación:   

Dos compañeras que tienen un reto por delante y tienen que trabajar en equipo, bien coordinadas y bajo presión. No se coordinan. Fallan con la tarea y estrepitosamente, además. Ambas son muy exigentes, pero una lo es más consigo misma y la segunda lo es más con los demás, la autocrítica no es su fuerte. La primera llora de rabia y frustración por no haberlo conseguido. Está embarazada y su compañera, con evidente incomodidad por toda la situación, intenta consolarla diciéndole “no llores más, que esto no es bueno para el niño”. 
Toma castaña. Encima de rabia y frustración, elevamos la apuesta añadiendo culpa por el posible (y muy improbable) daño al pequeño. En una sola frase demuestra quién realmente lleva mal la situación: no quien llora, sino quien no soporta ver llorar.

Esta escena la vi hace poco en un concurso y me dio qué pensar. Evidentemente, perder una prueba en un concurso televisivo es una pérdida limitada. La cuestión está en que no todas las pérdidas son pequeñas, y ante éstas por norma general, reaccionamos igual de mal para apoyar a las personas que sufren. Nos educan poco en la gestión de nuestras propias emociones, pero nos educan aún menos en la gestión del dolor ajeno.

A lo largo de la vida, desafortunadamente, tenemos pérdidas mucho más graves: de personas significativas, de la pareja, de la salud, de trabajo. Algunas de ellas forman parte de la vida, no por ello son menos dolorosas. Otras son inesperadas, no tocan, rompen con muchas cosas. Toda pérdida grave nos descoloca, nos deja en shock, nos obliga a pasar por el dolor de asumirla y con el tiempo, si todo va bien, ir integrándola y retomando varios aspectos de nuestra vida que habían quedado interrumpidos. 

Esto por si sólo ya no es nada fácil, pero además le sumamos que: 

  • Vivimos en una sociedad donde "estar mal" no está bien visto. Lo que queda bien es estar siempre bien y motivado y proactivo para hacer cosas. Estar mal, sentirte cabreado, triste incomoda a las personas de alrededor, e incluso estigmatiza.
  • Por lo tanto, las personas que rodean a quien ha sufrido la pérdida intentan que esté mejor y se encuentre bien y con ganas de hacer cosas. Sin decirlo, se sigue el principio de "si tú estás bien, yo también".
  • No nos preparan para sufrir pérdidas, pero tampoco para gestionar los gestos bien intencionados y desafortunados de las personas que te quieren, pero meten la pata. A veces las peores torpezas vienen de las mejores intenciones. 

Ante un duelo importante, una buena red de apoyo social es crucial para avanzar. Y es esencial saber cómo actuar. Cómo ofrecer la ayuda a la persona a la que tanto queremos de una manera que sí llegue, que consigamos realmente acompañarla en su dolor para poco a poco irlo asumiendo. Y conseguir superar esa sensación del “no saber qué decir” o “no saber qué hacer” que con la mejor de las intenciones, angustia y nos lleva a decir y hacer (paradójicamente) algo que en mejor de los casos no ayuda y en el peor de los casos hace sentir peor.

¿Qué podemos decir que sea útil y respetuoso? ¿Qué podemos hacer? El psicólogo Robert Neimeyer da algunas pautas, que pasan sobretodo por tragarnos nuestra propia incomodidad y estar disponibles, especialmente en los primeros momentos. y dar ese espacio a la persona para que gestione y digiera, a su ritmo. 

Cosas que NO se debería hacer
Cosas que SI puedes hacer

Obligar a la persona que ha sufrido la pérdida a asumir un papel, diciendo: “lo estás haciendo muy bien”. Hay que dejar que pueda tener sentimientos que la perturben, como la añoranza, sin que tenga la sensación que nos está defraudando.

Abrir las puertas a la comunicación. 
Si no sabes qué decir, pregunta “¿cómo estás hoy?” o bien “He estado pensando en ti, ¿cómo te está yendo?”.
Decirle a la persona que ha sufrido la pérdida “lo que tiene que hacer”. 
En el mejor de los casos, eso refuerza la sensación de incapacidad de la persona. Y si lo hace, puede serle incluso contraproducente.
Escuchar un 80% del tiempo y hablar un 20%. 
Hay muy pocas personas que se tomen el tiempo necesario para escuchar las preocupaciones más profundas del otro. Sé una de ellas. No es fácil, pero es reconfortante tanto para quien recibe el apoyo como para quien lo da.

“Llámame si necesitas algo”. 
Es un ofrecimiento inconcreto, poco definido. Puede que se capte que es un ofrecimiento de compromiso y que no se siga. Sobretodo en los primeros momentos y más intensos de cualquier gran duelo, tomar decisiones desborda, por pequeñas que sean.
Ofrece ayudas concretas y toma la iniciativa a la hora de llamar a la persona. Siempre respetando la intimidad de la persona, preguntando en primer lugar si le va bien hablar en ese momento. En lo referente a tareas concretas del día a día, un ofrecimiento concreto será de gran ayuda. (P.ej, ¿qué noche te traigo la cena?).

Sugerir que el tiempo cura todas las heridas. 
El tiempo por si mismo sólo pasa, no hace nada. El trabajo de un duelo es más activo que eso para la persona. Además, las heridas profundas se asumen, pero nunca se olvidan del todo.
Preveer momentos difíciles en el futuro. Las personas no somos regulares ni constantes en el proceso de recuperar el ánimo. En los meses posteriores a la pérdida hay subidas con más actividad y momentos de duda, incertidumbre, toma de decisiones y más de “bajón”.

Hacer que sean otros quienes presten la ayuda. Si hemos sido cercanos a la persona hasta ese momento en que está sufriendo, nuestra presencia y preocupación personal es lo que marca la diferencia.

“Estar ahí” acompañando a la persona. Existen pocas normas para ayudar aparte de la naturalidad, la autenticidad y el cuidado. Sé tú y no “lo que crees que te toca ser”.
Decir “sé cómo te sientes”. 
Intentando empatizar y acompañar, en la mayoría de los casos es una mentira piadosa. Cada persona siente su dolor de manera única, es SU dolor y se le debe respetar. Lo que sí podemos hacer es invitar a la persona a compartir cómo se siente, (sin forzar), en lugar de dar por supuesto que lo sabemos.

Hablar de nuestras propias pérdidas y cómo lo afrontamos 
como idea y cuando nos lo pidan, no como receta a cumplir por parte de la otra persona. Cada persona tiene su estilo de afrontamiento, pero conocer el de otros y sus dificultades puede servir de ayuda.
Utilizar frases típicas de consuelo como: “hay otros peces en el mar”, o “es la voluntad de Dios” o “ha pasado porque tenía que pasar”. 
Si la persona es creyente, hablarle de Dios tiene sentido y se servirá como recurso. Si no, lo vivirá como una invasión irrespetuosa. 
Creemos que decir algo es mejor que no decir nada, pero no es necesario “rellenar el silencio”. Podemos adaptar los mensajes al sistema de creencias religiosas (o falta de ellas) de la persona. Vivirá su duelo como vive el resto de su vida.

Establecer un contacto físico adecuado, respetuoso. 
Nuestras necesidades no tienen por qué coincidir. Respeta el espacio vital. Un brazo sobre los hombros, un abrazo cuando las palabras fallan. Acompañando, no atosigando ni evitando el contacto. Aprende a sentirte cómodo con el silencio compartido, en lugar de parlotear intentando animar.
Intentar que la persona se dé prisa en superar su dolor 
animándola a ocupar su tiempo, a regalar las posesiones de la persona fallecida, etc. Un duelo requiere tiempo y paciencia, no puede hacerse en un plazo de tiempo fijo y “correcto”.

Ten paciencia con la historia de la persona que ha sufrido la pérdida y permítele compartir los recuerdos de su ser querido. Permitirle expresarse le ayuda a reelaborar los recuerdos y orientarse cada vez más a un futuro. Podemos pedirle que no hable de ello, pero no le ayudará.

Quien sufre no tiene el cuerpo ni el ánimo para reaccionar ante inconveniencias o frases “típicas”, pero que no se diga no quiere decir que no pase nada. Te animo a vencer tu propia incomodidad, el resultado es más gratificante a la larga para todos. Y si el duelo no avanza pasado un tiempo, siempre está el recurso de sugerir un apoyo profesional. 



Adaptado de Neimeyer, R. "Aprender de la pérdida" Ed Booket (2007) Págs 102-103


domingo, 26 de abril de 2015

Pareja en crisis, pareja a oscuras

La comunicación en una pareja en crisis está sembrada de lindezas como quejas, enfados, reproches, rencores, acusaciones, faltas de respeto, luchas de poder, desgaste, berrinches, llanto, tristeza y ataques. Desde fuera parece que la situación es insoportable pero cuando se pregunta a la pareja por qué siguen juntos (que no unidos, evidentemente) en la inmensa mayoría de ocasiones la respuesta es:

“Porque nos queremos”

Ante tal contradicción la cabeza del psicólogo implosiona durante unos segundos. Pero empecemos a recomponerla:

Generalmente ambos miembros de la pareja (o uno de ellos más que el otro) tienen muy claro cuál son los problemas que los han llevado a esa situación. Se han ido generando con el tiempo, los malentendidos, las expectativas no cumplidas, los cambios que se esperaban y no se han producido. O dicho de otro modo, con la convivencia y los años en común su visión de la pareja se ha quedado casi a oscuras y solo ven esto:

Visión de una pareja a oscuras

Su atención está centrada en aquello identificado como los problemas, casi de manera exclusiva, porque son aquello que molesta. Como además sufren y hay una tensión emocional constante, hay prisa por resolverlos. Se buscan soluciones, se habla de ello en la pareja y con quienes les conocen. Si lo que se hace no resuelve los problemas, cuanto más tiempo pasa la atención se centra más en ellos. Se entra en bucle, porque cada vez más se intenta solucionar los problemas teniendo únicamente en cuenta los elementos que lo causan, haciendo siempre lo mismo buscando resultados diferentes.

Cada uno le dice al otro, “éste es el problema, cámbialo”, “cambia tú primero”, “eres desordenada, esfuérzate en ordenar (como yo haría)” “deja de ser tan irritante”, “no me gusta como vistes”, “programas demasiado las cosas”, ”siempre tengo que tener yo la iniciativa en el sexo”, etc.

Las parejas tienen muchas más posibilidades de mejorar con o sin terapia cuando empiezan a ser conscientes de que sólo estan prestando atención a una parte de la realidad (la que no les ayuda) y que, por lo tanto, no valoran todo lo que ya tienen, simplemente lo dan por asumido. Deben encender la luz y recuperar la visión global:
Visión con la luz encendida 

El amor es sólo el principio de la pareja. Imprescindible, pero un inicio. El amor no aguanta todo y muere de hambre si no lo alimentamos también con todo aquello que nos gusta y nos disgusta de nuestra pareja. Si no se alimenta, todo lo bueno desaparecerá, solo quedarán los problemas. Y eso si es un motivo de ruptura sin solución.

viernes, 10 de abril de 2015

Frustrados pero no reventados

Tenía una entrada preparada cuando he visto esta foto en facebook:



Es una viñeta de tantas que circulan por internet y que, con propósito pedagógico, dice a los adultos que si los niños no tienen los caprichos que quieren no pasa nada, que aprendan a frustrarse, que es positivo, y que más frustraciones les dará la vida. Correcto. Actualmente muchos profesionales sufren la llamada falta de tolerancia a la frustración creciente de la sociedad que estamos construyendo. Las consecuencias ya las estamos viendo, desde Síndromes del Emperador (niños tiranos) a una creciente falta de gestión de emociones negativas. Una de las consecuencias más extendidas son las adicciones.

Pero hoy no sigo por ahí. Mira de nuevo la imagen y observa concretamente la actitud del adulto, ¿Qué te dice?

Está de perfil, no vemos su cara, tapada por la capucha. No es importante que sepamos quien es. Está desanimado: hombros caídos, cabizbajo, manos en los bolsillos. No parece la actitud de quien realmente quiere educar al nene caprichoso que quiere el smartphone, si no el de alguien rendido a la frustración que le pide al niño que aprenda y acepte que cuanto antes se rinda, mejor.

Ahí es donde me ha explotado la cabeza, en la asociación frustración-pasividad y de rebote, en la asociación aceptación-rendición.

Cuando nos ponemos ante la realidad y los hechos, querramos o no, los percibimos e interpretamos según un filtro personal. Con la interpretación tenemos “lo que nosotros hemos entendido”. Es una opinión, cada uno tiene la suya. Después hacemos nuestra representación, es decir “qué significado tiene esto para mí”. Y ahí empieza el lío, porque la respuesta que demos, la que sea, será según lo que haya representado para nosotros. Y si nos gusta o no, si toca algo interno que duela o no.

No he podido evitar acordarme del cuadro de Stephen R. Covey en el que diferencia los diferentes estilos de lenguaje (*):

Lenguaje Reactivo
Lenguaje Proactivo
No puedo hacer nada
Yo soy así
Me vuelve loco
No lo permitirán
Tengo que hacer eso
No puedo
Debo
Examinemos alternativas
Puedo optar por un enfoque distinto
Controlo mis sentimientos
Puedo elaborar una exposición efectiva
Elegiré una respuesta adecuada
Elijo
Prefiero


Las palabras son eso, palabras, pero donde radica su fuerza es en la carga simbólica que les damos y en su impacto en nuestras emociones. Por este motivo decía Freud que “las palabras curan”. Pero también pueden hacer un gran daño, a menudo por acumulación. Recuerda que también “la pluma hiere más que la espada”.

Un lenguaje más proactivo invita a la acción y a procurar modificar aquello que nos afecta. Un lenguaje reactivo invita a tener una actitud pasiva, con poca intervención y delegando a los demás o a las circunstancias las responsabilidades si, pero también los motivos de éxito y/o fracaso de lo que nos ocurre.

La frustración es un sentimiento, y una herramienta. Su bondad o maldad dependerá del uso que se le dé:

  • A un niño se le puede enseñar que sentir frustración es sano, porque no se puede conseguir fácilmente y con una varita mágica todo lo que se desea. Existen límites. Pero por ser límites no son necesaramente limitantes. Muchisimos de ellos son salvables, se trata de buscarlos. En este caso, una frustración es positiva, porque nos puede poner en movimiento hacia algo conseguible.
  • Si se ve la frustración con impotencia, podemos llegar a rendirnos, porque “para qué moverme” y pensar que una cosa no conseguible puede representar que muchas otras cosas más no lo serán, sin probar nada diferente. La frustración será entonces negativa. 

Si siempre vinculamos frustración con rendición, alguien se beneficia de nuestras derrotas, generalmente quien procura que nos sintamos frustrados sin solución. Pensar en un movimiento diferente y hacerlo puede romper este ciclo “vicioso”. Y la mayoría de las veces, no es necesario un gran movimiento.

Como decía aquél “cuidado con lo que te dices, que te lo puedes creer”


(*) Covey habla de personas “Proactivas” y “Reactivas”, cosa que no comparto. Una persona no tiene porqué SER una cosa u otra de manera estable, al tratarla así la estoy “sentenciando”. Yo prefiero hablar de tendencias o de momentos en que una persona funciona de manera más reactiva o más proactiva.

Ilustración: www.e-faro.info

Cuadro extraído de “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” R. Covey, Stephen Ed. Paidós Plural